Una Semana Santa en Cartagena y sus comarcas: Mi vivencia en primera persona

El aire de Cartagena huele a incienso y azahar cuando llega la Semana Santa. Este año, decidí sumergirme de lleno en esta tradición que transforma la ciudad y sus comarcas en un escenario de devoción, arte y comunidad.

Desde el primer momento, sentí que no solo estaba siendo testigo de una celebración, sino que formaba parte de algo mucho más grande, algo que late en el corazón de esta tierra murciana.

 

Domingo de Ramos: El comienzo en la ciudad

 

El Domingo de Ramos amanecí temprano, con el sol despuntando sobre el Teatro Romano. Me dirigí a la iglesia de Santa María de Gracia, donde la Cofradía del Cristo del Socorro iniciaba la procesión. La imagen del Cristo, solemne y majestuosa, avanzaba entre el murmullo de los fieles y el repique de las campanas. Caminé junto a la multitud, sintiendo la mezcla de recogimiento y emoción.

Los niños, con sus palmas y ramas de olivo, correteaban entre las calles estrechas del casco antiguo, mientras los balcones se engalanaban con mantones y flores. Esa primera procesión me envolvió en un sentimiento de comunidad que no esperaba; no era solo un desfile, era un ritual que unía generaciones.

 

Por la tarde, decidí explorar más allá de la ciudad y me acerqué a La Aljorra, una de las comarcas cartageneras. Allí, la procesión del Cristo de la Paz me sorprendió por su sencillez y fervor. En este pueblo, la Semana Santa es más íntima, con vecinos que se conocen de toda la vida y que trabajan meses para que todo esté perfecto. Me uní a un grupo de mujeres que repartían flores a los asistentes, y mientras colocábamos claveles blancos en las manos de los presentes, escuché historias de cómo esta tradición ha pasado de abuelos a nietos. La Aljorra me enseñó que la Semana Santa no solo vive en las grandes procesiones, sino en los pequeños gestos de los pueblos.

 

Lunes y Martes Santo: La preparación y el silencio

 

El Lunes Santo, Cartagena se sumió en un ambiente más introspectivo. Recorrí el centro para ver cómo las cofradías ultimaban detalles en sus sedes. En la calle del Aire, me colé (con permiso) en el local de la Cofradía Marraja. Ver a los costaleros ensayando bajo el trono, con el sudor en la frente y la concentración en los rostros, fue impactante. Me contaron que llevar un paso no es solo fuerza física, sino un acto de fe y resistencia. Ese día entendí el sacrificio que hay detrás de cada procesión.

 

El Martes Santo, en cambio, me fui a Torre Pacheco, otra localidad de la comarca. Allí, la procesión del Encuentro me dejó sin palabras. La Virgen y el Cristo se cruzaron en la plaza, acompañados por cánticos y el sonido grave de los tambores. Los vecinos, vestidos con túnicas moradas, caminaban en silencio, y yo, que no soy especialmente religiosa, sentí un nudo en la garganta. Había algo en ese respeto colectivo, en esa pausa en la vida cotidiana, que me hizo reflexionar sobre la importancia de parar y recordar.

 

Miércoles y Jueves Santo: El esplendor de Cartagena

 

El Miércoles Santo volví a Cartagena para la procesión de la Virgen de la Piedad. Las calles estaban abarrotadas, y el ambiente era eléctrico. La imagen de la Virgen, con su manto azul bordado en oro, parecía flotar sobre un mar de velas. Caminé junto a los penitentes, que con sus capirotes y pasos lentos marcaban el ritmo. En un momento, una saeta espontánea rompió el silencio desde un balcón, y juro que se me erizó la piel. Fue como si el tiempo se detuviera.

 

El Jueves Santo fue, para mí, el día cumbre. La procesión del Silencio, organizada por la Cofradía California, me marcó profundamente. A medianoche, las luces de Cartagena se apagaron, y solo el resplandor de las velas iluminaba el paso del Cristo de los Mineros. Caminé descalza, como algunos penitentes, sintiendo el frío del suelo y el peso de la solemnidad. No había tambores ni bandas, solo el roce de las cadenas y los rezos susurrados. Nunca había experimentado un silencio tan lleno de significado.

 

Viernes Santo: La culminación

 

El Viernes Santo, la ciudad entera parecía contener la respiración. Me uní a la procesión magna, donde todas las cofradías desfilan juntas. Ver los tronos, con sus tallas centenarias, avanzar por la calle Mayor fue como contemplar un museo viviente. Los costaleros, agotados tras días de procesiones, seguían con una fuerza que solo podía venir de la devoción. Me impresionó especialmente el paso de la Dolorosa, con su rostro sereno pero desgarrador. En ese momento, entendí por qué la Semana Santa de Cartagena es Fiesta de Interés Turístico Internacional: no es solo espectáculo, es emoción pura.

 

Por la tarde, me acerqué a Los Dolores, otra pedanía. Allí, la procesión del Santo Entierro tenía un carácter más sobrio, pero no menos conmovedor. Los vecinos me invitaron a tomar un café en una casa cercana, y mientras compartíamos dulces típicos como los “papaviejos”, hablamos de cómo la Semana Santa une a las familias año tras año. Esa hospitalidad me hizo sentir como en casa.

 

Domingo de Resurrección: La alegría final

 

El Domingo de Resurrección, Cartagena explotó en color y música. La procesión del Resucitado, con sus flores blancas y los cánticos alegres, fue como un bálsamo tras tanta solemnidad. Me uní a la multitud en la plaza del Ayuntamiento, donde los cofrades lanzaban caramelos y los niños reían sin parar. Había una sensación de renovación, de haber cerrado un ciclo. Por la tarde, en San Antón, una pedanía cercana, asistí a una misa al aire libre seguida de un pequeño desfile. La felicidad era contagiosa, y terminé bailando con un grupo de vecinos al son de una banda local.

 

Reflexión final

 

Vivir la Semana Santa en Cartagena y sus comarcas ha sido una experiencia que no olvidaré. No soy una persona especialmente devota, pero no hace falta serlo para sentir la fuerza de esta tradición. Es un mosaico de fe, arte, historia y, sobre todo, comunidad.

Desde las majestuosas procesiones de la ciudad hasta los actos más humildes en los pueblos, cada momento me mostró el alma de esta tierra. Si alguna vez tienes la oportunidad, no lo dudes: ven a Cartagena en Semana Santa. No solo lo verás, lo vivirás.

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